"Déjenme". Cuando el jefe pide permiso

Hay algo liberador en esta frase:

"Déjenme pensar por un momento al Judas que tengo dentro de mí... y permítanme pedirle a Jesús que nos acepta como somos, que me llame 'amigo'".

¿Es Judas el que me estremece? ¿Es Jesús?
Ahora veo que es la ternura con la que imagino al imponente párroco diciendo esto frente a una gran audiencia.

Ahora entiendo qué es lo que me llamó del Padre Gallo, del Padre Vigil, del Padre Daniel: la hermosa fiermeza en la fragilidad. En la fragilidad al querer ser más de lo que las propias limitaciones no permiten, las limitaciones más que físicas, emocionales, moralistas.
Esa forma que tienen de abrazar la humanidad, de verte a los ojos mientras quieres correr, de consolarte cuando te castigas, de preguntar tu opinión cuando te sientes inútil, de escucharte oootra vez el mismo reclamo a Dios o de confesar el mismo error... 

Esa poca atención que ponen al estilo y la capacidad y más atención al corazón y al proceso.

Hay una libertad enorme en no juzgar que compone comunidades y desarrolla confianza para los talentos. Que el amor engendra y el señalamiento perfora.

Y en eso estamos todos... soñando por un lugar en que podamos simplemente ser: y ser con todo, ni siquiera con la fe. Es que eso de estarnos midiendo entre cristianos nos perfora. ¿Cuándo dejaremos de ver al otro como mejor o peor, como más o menos virtuoso, como pequeño o grande comparado con nosotros?

Tenemos que aprender y pedirle a nuestro Señor la gracia de ser aparte de lo que otros son. Porque si el padre juzgara a todos por lo poco que saben de doctrina, o los religiosos por lo poco que los laicos sabemos de obediencia, o los casados por lo poco que los sacerdotes saben de prevención... ¡qué pobres!

Hay riqueza en no buscarla.
Hay amor en no condicionarlo.
Hay verdad en no evitar el diálogo.
Hay comunidad en no mirar demasiado al otro.

"Permítanme..."
es una palabra de recogimiento, reconocimiento y exposición al otro de la propia pobreza.
El sacerdote da ejemplo de oración y de humildad y finalmente del tremendo amor de Dios por Él, por cada uno si oramos y nos encontramos, no con las medidas del mundo, sino con las de Dios, que no ven las apariencias, sino el corazón. Porque el corazón es uno y las apariencias muchas.

Un sacerdote que no juzga, que perdona fácilmente, que expone su oración: es liberador. 

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