El por qué no me siento presente
No pases desapercibido.
Estorba.
Pasa al frente.
Ríete y llora aunque parezca inválido.
Mancha el mantel. Di tu opinión.
Salte temprano sin otra explicación más que tu comodidad.
No corras. Camina, que te vean.
Sonríe, no porque te tratan con amor, sino porque eres capaz de aceptar que allí no lo hay y no quieres volver.
Habla por ti. Defiende tu historia, tu vida y si no quieren dialogar, sal.
Que pasa el tiempo y tú sigues -obligándote a estar- sin estar.
Que nos forzamos a estar en un hogar que por falta de amor no es hogar, termina siendo una cárcel.
Sal. A ese lugar que imaginas con más luz, más calor, más tú.
Aceptar que no está bien, aceptar que ahí no se puede estar.
Aceptar que tienes pies para encaminarte.
Pide ayuda.
Ve a donde te aman.
Donde puedes estar.
A donde si manchas el mantel, lo meten a lavar.
Papá.
Ahora no me gustan las horas de comer.
La comida, para mí, es sentarse a evitar decirse lo que se piensa, una lucha de egos, de opiniones, de juicios sobre quién peca y quién es mejor.
La comida en casa de abuelitos, en casa con papá y mamá y los hermanos.
No quiero comer. Y si como, que me duele la paza para no sentir el verdadero dolor de vernos pelear.
Y si como, quiero comer sola, que nadie diga cosas feas, que nadie se mire mal, que nadie odie, que nadie regañe si se cae, si me río, si no me gusta, si no lo quiero.
Quiero comer sin pensar que es el único momento de paz pendiendo de la amenaza a la soledad.
Porque cualquier regaño era un fracaso más.
Porque cada cucharada antes de abrir la boca era la única probada de silencio y paz.
Porque mi cuerpo se cansó de comer viéndolos a ustedes pelear.
Porque preferí tenerlos contentos que estar contenta.
Hoy me salgo de la cocina,
hoy me salgo del restaurante,
hoy me paro de la silla con orgullo en cuanto antes... en cuanto antes.
Hoy me harto de sufrir cuando debería disfrutar.
Hoy abandono lo que me hace mal.
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